Mundo Musical Almería - Historia

Información sobre la historia musical almeriense

Fco Mercader Rubio

Paco Mercader, llega a Almería procedente del Servicio Militar en 1962. Ha aprendido a tocar la guitarra hace muy poco tiempo pero, enseguida encuentra plaza en la Orquesta del Círculo. Su primera actuación pública es como bajista acompañando a Manolo Barrera en los estudios de Radio Almería. Enseguida, forma con Emilio Leseduarte, Luis Gázquez, y Angel Barceló, el grupo "Los Dos y Dos", de música comercial, con los que trabaja durante años en las salas de fiestas de la capital. Mientras tanto, ejerce alguna suplencia en "Los Gringos", a causa de la ausencia circunstancial de su fundador, Chipo. Después, es llamado por Joaquín de la Muela para reconstruir el grupo "Los Icaros", en el que también trabaja el saxofonista Castro. En 1969, deja Almería por motivos profesionales y sigue su andadura, primero en Madrid, y luego en Barcelona, donde colabora en el grupo "Los de la Torre" después de la época de sus grandes éxitos, "El Vuelo 502", "Mamita", etc. Desde entonces, se ha convertido en multiinstrumentista, tocando el banjo tenor en bandas de dixieland, la balalaika en orquestas de folklore ruso, el banjo de bluegrass en bandas country, y el contrabajo en grupos de jazz. Actualmente se dedica a la música secuenciada por ordenador, colaborando con diversos músicos en arreglos para clientes de todo el mundo.

La Voz de Almería 
Almeriense de adopción - Francisco Mercader Rubio
Llegué a Almería por casualidad en 1962. Aunque la Almería que conocí era la de la miseria, el tracoma y la parálisis, aún lejos del posterior boom económico, enseguida me aferré sentimentalmente con uñas y dientes a esa tierra; comprendí que tenía que haber sido almeriense y que sólo un error me había hecho nacer en otro lado, del que ni me acuerdo. En Almería acabé de incorporarme a la vida, fui músico, me casé y viví intensamente otras historias. Durante años, el gato negro del quiosco de lotería que yo subí a lo más alto de la Puerta de Purchena fue el único rastro que reveló mi paso por la ciudad. La vida me ha separado de esa tierra y, cuarenta años después, en el extremo opuesto de España, sigo considerándome almeriense.
















Su Historia Musical Almeriense Publicada en el Blog de Namuras
David Caparrós Namuras http://namuras.blogspot.com/

Almería: Historia Musical (I)

Os pongo en antecedentes: año 1996; con Internet aún ajena a los hogares españoles, los ciberadictos de por aquel entonces contábamos con un invento maravilloso: las BBS, englobadas en la red Fidonet. En cada ciudad había uno o varios nodos a los que enganchábamos vía modem a precio de llamada local, y desde estos nodos, accedíamos al resto del mundo. Alborán BBS, uno de esos nodos, fue mi puerta de acceso a un mundo maravilloso en el que conocí a gente estupenda (desde aquí un fuerte abrazo a todos aquellos dinosaurios de la red que puedan estar leyéndome). La cuestión es que no conservo nada de las apasionantes conversaciones que manteníamos a través de las listas de correo, pero rebuscando entre mis viejos papeles, he hayado unos folios impresos con un charla memorable entre mi viejo amigo Ismael Olea y Francisco Mercader, residente (por aquel entonces) en Barcelona (Clot BBS) y antiguo ciudadano almeriense, que nos deleitó con unos increibles relatos sobre la vida musical y social de la Almería de los años 60.

Con el correspondiente respeto, me encantaría trascribir aquí esos textos para que no se pierdan en el olvido, ya que conforman una estampa constumbrista única, vivida en primera persona, de un tiempo pasado en una ciudad que muchas veces da la espalda a su historia. Las siglas FM corresponden a Francisco Mercader y AOG a Antonio Ismael Olea González. Que lo disfruteis.

FM - He tocado en salas de fiesta que aún existen, como el Manzanilla.
AOG - ¿Dónde cae ésta?
FM - Está -o estaba- en la costa, más allá de la playa San Miguel y antes del Zapillo.
AOG - El Chapina creo que sigue abierto como Top Less (¿está en una calle perpendicular a Hermanos Pinzón, no?
FM - No recuerdo el nombre de la calle. Sé que estaba cerca del cine Liszt. En aquella época, ya tenía mala fama. Actuaban "ballets" compuestos de artistas que, en realidad, eran fulanitas que, entre actuación y actuación alternaban con los clientes, intentando sacarles la pasta. Una de ellas era una auténtica filósofa. Me enseñó de la vida casi todo lo que sé. Entonces tenía yo veintitres años y tocaba la guitarra en la orquesta fija del local.
AOG - ...el Hoango sí que lo chaparon, hace cosa de... seis [años] o tal vez más, aunque creo que por aquella época no tenía muy buena reputación.
FM - Sin embargo, el Hoango era, en los años sesenta, una sala de baile muy "decente" donde iban las niñas respetables de la buena sociedad a darse el filete con sus novios. Allí me pescaron a mí para casarme.
[...]
He tocado con buenos músicos que aún viven por ahí, retirados o no y que forman parte de una riquísima historia musical de la ciudad.
AOG ... Almería es una gran desconocida, especialmente para los almerienses y aquí nadie se preocupa mucho por el pasado...
FM - Cuando llegué a Almería había tres mundos musicales totalmente independientes entre sí: 1) Los músicos antiguos que tocaban de manera muy rancia en el Círculo o en conciertos de la Biblioteca Villaespesa, 2) los conjuntos profesionales que tocaban en bailes o en Radio Juventud de Almería y 3) los conjuntos de aficionados que intentaban moverse por los colegios o por el teatro Cervantes. De una forma u otra conseguí tocar alguna vez con todos ellos.

La Orquesta del Círculo era muy curiosa. El cantante era cojo y tocaba el acordeón muy mal. Salía a tocar con su bastón y lo colgaba del acordeón. Era curioso ver el bastón oscilando al compás del movimiento del fuelle. Luego había un violinista muy mayor -puede que tuviera ochenta años- que tenía el dedo meñique de la mano izquierda paralizado y para llegar a las cuerdas tenía que ayudarse con el dedo anular empujando al meñique. La afinación conseguida con semejante técnica era memorable. El saxofón tenor (de apodo "El Conejo") bebía constantemente y, a veces, se caía de la tarima; afortunadamente, el escenario tenía diez centímetros de altura: si no, habría muerto más de veinte veces.

Ahora viene lo bueno: el contrabajo lo tocaba otro abuelete; creo que era el padre del acordeonista cojo. Pues bien: NO SABÍA TOCAR EL CONTRABAJO. Se limitaba a empuñar el mango del instrumento y, sin mover la mano de ahí, tocaba las cuerdas con la mano derecha (eso sí: reconozco que con buen ritmo) confiando en que, con lo flojas que estaban las cuerdas y lo irreconocible del sonido, nadie se daría cuenta. Por los saltitos que daba el abuelo al tocar se notaba que era muy feliz haciendo lo que hacía.

El primer día, yo me moría de vergüenza. Luego, comprendí lo que tenía que hacer: dejé de tocar acordes y tocaba con la guitarra la parte del bajo. Todos los músicos miraban encantados al abuelo del contrabajo y comentaron lo bien que sonaba la orquesta últimamente.

En el Manzanilla tocaba, como solista, director, cantante, acordeonista -y agente artístico de sí mismo- un curioso personaje: el "Pescailla" llamado así porque, después de manejar pescado en el puerto pesquero, no debía de lavarse demasiado. Así que todos olíamos a sardina en aquella sala. Pero como los clientes olían igual, nadie se sintió molesto nunca.

En la Plaza Real (¿o se llamaba la Plaza Vieja?) que estaba en las estribaciones de la Alcazaba, había una casa de putas muy curiosa: pagando un suplemento, venía un individuo a tocar la bandurria a los pies de la cama mientras uno hacía su faena... Yo no toqué nunca allí, pero conocí a los músicos que lo hacían...

Otro día te contaré lo de la cagada de mosca del Maestro Barco. Eso merece un mensaje especial. Saludos.

David Caparrós -namuras-

Almería: Historia Musical (II)

[El Hohango...]
AOG - Caramba, quién lo iba a pensar. Supongo que por aquel entonces esa parte del Zapillo sería una zona 'bien' ¿no? Estaría ya hecho el primer paseo marítimo y urbanizada casi toda la línea de playa... supongo.
FM - Pues no. Cuando salí de Almería en el año 1969 aún era la tierra olvidada por todos. La miseria era general. La buena sociedad se limitaba a un par de docenas de familias; el Oliveros, el Cónsul francés, algunos intelectuales de los que luego te hablaré... No existía ningún paseo marítimo. Paralela a la línea de playa había una miserable carretera, llena de baches, que terminaba antes de llegar a Costacabana. El Hogango estaba, por tanto, a las afueras.

[Tres mundos musicales...]
AOG - ¿Y eran suficientemente activos? [Los músicos antiguos que tocaban de manera muy rancia en el Círculo o en conciertos de la Biblioteca Villaespesa...]
FM - Estos músicos tocaban siempre sentados, con papel delante. Podría jurar que todos ellos estaban convencidos de que estaban en un gran concierto. Sin embargo, sus numeritos no pasaban de obras fáciles de zarzuela o piezas bailables, a ritmo de fox-trot. De vez en cuando, tocaban algo de Glenn Miller y movían el pie marcando el compás con lo que se sentían muy modernos.

Los conjuntos profesionales... Estos eran los que se encargaban de las fiestas -escasas- que ocurrían por la capital o los pueblos. Notable era el cine Gong, en Roquetas. El grupo más antiguo era el de Los Trovadores, creado por el mítico Cristobal Sánchez de la Higuera, comerciante y dueño de una curiosa tienda en el Paseo, a pocos metros de la Puerta de Purchena, bajando a mano derecha, donde lo mismo se podía comprar un violín que una lavadora. Este personaje era buen conocedor de la música latina y apabulló a propios y extraños trayendo, de no sabía dónde, un extraño instrumento musical en forma de tabla de planchar (no tengo que aclarar que se trataba de un vibráfono) en el que, con dobles mazas en cada mano (qué asombro para el respetable) tocaba con mucha gracia improvisaciones que aún hoy día sonarían bastante bien.

Como no sabía música tenía algunas limitaciones: nunca le pude oir tocar en otros tonos que no fuesen Do, Re, Fa y Si bemol. Creo que murió hace muy poco.

Con él tocaba entonces un músico notable: Emilio Leseduarte Muley, violinista mediano pero excelente saxofonista (después de treinta años de andar por el mundo, no he encontrado un tipo que sacase mejor sonido al pito que este hombre). Había estado en Madrid y nos asombraba contando que en los estudios de grabación de entonces, no se tocaba el bombo de la batería porque los micrófonos no conseguían recoger el sonido sin saturarse. Este hombre está retirado y es el dueño de la encuadernación que existe en la Calle Real. Si vas a verle, estará encantado de contarte cosas sobre el mundo musical de Almería.

AOG - ¿Qué tipo de música tocaba cada uno? ¿Se iba mucho más allá del pasodoble?
FM - Realmente no había creadores, en Almería. Todos esran versioneros, claro está, cada uno con mayor o menor fortuna. Los Trovadores y los Rudy Jazz (de los que te hablaré otro día) se especializaban en lo que es el esquema de un grupo de Jazz, es decir: tocar el tema (salsero o jazzístico) todos juntos y, a continuación, improvisar cada uno su parte según sus posibilidades. Al menos, estos dos conjuntos que te cito, podrían aparecer ahora y no hacer el ridículo. Otro día te contaré lo de los conjuntos de aficionados.

AOG - Pues si esa era la banda del Círculo Mercantil (ahora en contínuo declive), ello dice poco del interés por la música que pudieran tener los almerienses por entonces, ¿o me equivoco?
FM - Durante años se recordó la visita que hizo Teddy Bautista con su conjunto que aún no se llamaban Los Canarios (entonces erán Los Ídolos) en una feria de verano. Tocó en el Círculo con sus melenas rubias ¡¡en 1967!! y, claro: los bienpensantes no osaban acercarse a varios metros de él. El encargado de la Comisión de Festejos que se había encargado de contratarlo era Antonio Pumarola, un facha con bigotillo a lo Hitler que era el dueño de la agencia de Publicidad Cir (en la Rambla Obispo Orberá) donde yo trabajaba de dibujante y vino corriendo a decirme asombrado: "Pero... si hablando parece una persona normal..." [Pagando un suplemento venía un individuo a tocar la bandurria a los pies de la cama mientras uno hacía su faena...]

AOG - ¿Se les hacía muy duro?
FM - Se tocaba exclusivamente por las propinas. Algo inconcebible ahora, ¿no? Los músicos esperaban en una sala, con un botijo al lado. Cuando no llamaba nadie para la faena, no se cobraba. Bueno... esto pasaba antes de yo llegar a Almería. Me lo contaban los que lo habían hecho. Eso podía ser en los años cincuenta.

AOG - Y por otro lado, ¿cómo era la gente de Almería por entonces?
FM - Siempre me llamó la atención el hecho de que, a pesar de ser la tierra más pobre y olvidada de España por aquel entonces (nadie sabía ni lo que era un invernadero) la gente era de lo más simpática y acogedora que yo he conocido nunca. Había muchos enfermos de la vista por "tracoma", una infección que ataca a los que manejan el esparto (la confección de estropajos a mano era la industria más boyante) y afectados de poliomielitis (resto de una epidemia que habría sucedido alrededor de 1940). Había muchas más mujeres que hombres: la emigración había desplazado a los hombres a Barcelona o a Europa. Las chicas paseaban arriba y abajo por el Paseo (por el centro: no había apenas coches) en grupos de seis o más, cogidas del brazo y abordaban a los chicos que iban solos (así me espabilaron a mí).

AOG - ¿Tenía la sensación de estar abandonada del resto de Andalucía y la Península?
FM - Para cualquier gestión había que desplazarse a Granada (tuve que ir allí a hacerme el psicotécnico para el permiso de conducir) o a Murcia para cualquier asunto sanitario.

AOG ¿Qué había de bonito en Almería?
FM Las mujeres eran estrechas (lo exigía el momento) pero encantadoras. La Alcazaba no era visitada más que por algún despistado. No había turistas extranjeros salvo los residentes en Costacabana, que no salían de allí. El entretenimiento favorito era ir a pescar al puerto. Era tal la abundancia de peces que era imposible volver a casa sin un par de kilos de algo. En el Club Naútico, que estaba al lado del descargadero de mineral (al que llegaba el tren), la arena era roja, por el óxido. Pero la gente se bañaba. ¡Ah!, el bikini era algo impensable. Los pulpos vivían en agujeros en la arena del fondo, entre los pies de la gente. Con el agua por la cintura, sólo había que agacharse y agarrar uno. Más allá, por la playa de San Miguel el agua era tan verde como en las películas del Caribe. En el faro del puerto pesquero habitaba un pequeño mero de cinco kilos, a tres metros de profundidad. Yo lo veía casi todos los días, pasando al lado mío.

[La cagada de mosca del Maestro Barco...]

FM - Maldición: me he pasado de tiempo; otro día será.

David Caparrós -namuras-

Almería: Historia Musical (y III)

Bien, acabo este repaso a los mensajes de Franciso Mercader sobre la historia oculta de Almería en los años 60 con el tercero de los mensajes que conservo de las conversaciones de Fidonet.

FM - Resulta que en cierta época formamos un conjunto profesional al que pusimos el nada ocurrente nombre de Los Dos y Dos (¿a que no sabeis cuántos éramos?) formado por Emilio Leseduarte, saxo y violín (el ya citado del taller de encuadernación), Luis Gázquez (El Pillico) -como batería y cantante flamencoide- que, actualmente es dueño de una tienda de música en la Rambla Obispo Orberá (si alguna vez teneis la inusitada idea de comprar un instrumento musical os aconsejo encarecidamente que olvideis el nombre de esa calle); como cantante y bajista un tal Ángel Barceló que, según sin mis informes, sigue en la actualidad actuando, agarrado a un teclado para no caerse de sus nubes etílicas y el menda, tras una guitarra eléctrica.

Bueno. A lo que iba. Resulta que tan brillante formación actuaba en la sala Chapina y a la Dirección se le ocurrió contratar un espectáculo consistente en seis o siete prójimas que traían ¡horror! tremendas y complejas partituras para orquesta de quince músicos con la pretensión de que las acompañásemos en su reumática danza.

Tras sesuda conferencia llegamos a la determinación de llamar en nuestra ayuda al famoso Maestro Barco, viejecillo encorvado de no más de cuarenta kilos de peso pero con la asombrosa habilidad de leerlo todo (cuando digo todo, quiero decir TODO). No sé si habeis visto una partitura de piano de las difíciles: las notas forman racimos hasta ennegrecer el papel y es dudoso que exista ser humano capaz de leer eso sin arduas horas de ensayo. Pues bien: aquel abuelo era capaz de leerlo a primera vista y, si hacía falta, transportarlo cinco tonos sin pestañear.

Llegó la primera actuación, reforzados por aquel fenómeno de la naturaleza y todo transcurría con la perfección esperada. Al llegar a cierto pasaje de "Las Bodas de Luís Alonso" sonó alguna nota un poco rara pero lo atribuimos a la dificultad de la partitura. ¡Hasta el Maestro Barco podía tener algún fallo de digitación en aquel chorro vertiginoso de notas!
Al otro día, al tocar el mismo pasaje sonó también aquella nota infernal.
Al tercer día de actuación y de ocurrir lo mismo, no pudimos más y, después de esperar a que el sublime maestro se hubiera ido, nos inclinamos sobre la partitura.
Allí estaba. Una cagada de mosca del mismo tamaño de una semicorchea, engañaba al maestro que, impertérrito, tocaba la cagada día tras día con el mismo entusiasmo que si la hubiese puesto allí el mismísimo Beethoven.
No hace falta deciros que, a partir de ese momento, nuestra fe en el Maestro Barco aumentó hasta el infinito. Era cierto: lo leía TODO.

Olvidé decir que el bajista de Los Dos y Dos fué captado tras la desmembración de otro conjunto profesional que ya existía cuando llegué a Almería por el año 1962: Los Rudy Jazz. Al piano, Luis Escobar, muy diestro en improvisaciones jazzísticas, a la guitarra eléctrica Paco Andújar (nunca supe lo que pintaba en aquel grupo: lo que de verdad le gustaba era tocar la bandurria; era descendiente directo de los tocadores de casas dudosas que ya os he citado en otro mensaje) y un asombroso muchacho de catorce años a la batería que, con el instrumento totalmente inadecuado (vendido, claro está, por el judío-comerciante-músico Cristóbal Sánchez de la Higuera) revelaba ya unas dotes notables de técnica y creatividad.

Efectivamente: el batería Juan Soriano, que emigró a Cataluña y malvivió a salto de mata tocando con los mejores grupos de Rock y Salsa y en las orquestas de los barcos de Transmediterránea, decidió un día sentar la cabeza y reveló lo que algunos intuíamos: a los cuarenta años, estudió la carrera de percusión (toda ella, en dos años), aprobó con el número uno las oposiciones y hoy lo teneis de profesor de música en un instituto de Almería. No os lo mereceis.

Y con esto acaba la historia (al menos la que yo conservo en estos tres mensajes). La buena noticia es que Francisco Mercader sigue activo en el mundo virtual y he tenido la suerte de volver a contactar con él. Podeis ver sus "residuos mentales" en su página personal.

Personalmente, espero no perder de nuevo el contacto y seguir degustando durante muchos años los relatos de sus vivencias. ¡Un saludo, Don Francisco!

David Caparrós -namuras-

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